Thai Noodles. Iba a poner el nombre en inglés, que resulta como más guay y que aparenta más, pero luego me iba a llegar quienyomesé diciendo que qué era eso de los noodles y que si puede usar los espaguetis de toda la vida. Por otro lado no tengo ninguna seguridad en que sea tailandés, además de que lleva cosas que allí no ponían, pero que leches, está bien rico. Como es lo que he cenado hace un rato, no me ha dado tiempo a hacer fotos, pero creo que todo puede pasar por ir explicando con detalle cada paso. Así que el próximo día, os las pongo.
Medidas:
Yo esto no calculo nunca y siempre hago como el doble de lo recomendable, menos cuando tocan falafeles. Pero no me importa porque así siempre tengo comida reservada. Quien avisa no es traidor.
Ingredientes:
- Aceite de girasol. O de sésamo o similar. El caso es que sea refinado, que no sea de oliva, porque si no le daría un sabor que no es el que le toca.
- Salsa de soja. Nada de botes pequeños, ¡de litro!
- Un puerro. De la parte de más de arriba, reservaremos unas rodajillas picadas algo más finas para el final.
- Un calabacín (era muy pequeño, así que con medio tira).
- Una zanahoria pelada gorda.
Todo esto se corta en trozos pequeños, en cubos entre medio y un centímetro.
- Un trozo de jengibre, como una rodaja de medio centímetro. Se pela y se pica finito, finito, que no os pase como a Rotulador que casi atraganta al personal por no esmerarse.
- Un ajo. Un golpe bien fuerte y, entero, listo para la olla.
- Pasta.Si es china mejor, si no, la de toda la vida. Tallarines o espaguetis.
Opcional, por ser un poco más difícil de encontrar:
- Brotes de soja. Que no es que sean difíciles de encontrar sino que duran en la nevera menos que el jamón york.
- Setas shiitake, un puñaete. Como vienen secas, yo las corto en trocillos y las pongo en agua antes de empezar a cortar las verduras. Las escurro y listas para la olla. Aunque estén como opcionales son la sal de la receta... uf, que buenas.
- Bambú, en mi caso, una lata pequeña.
La teoría es muy sencilla y tiene dos partes: pasta y verduras. Si no habéis encontrado pasta china, cocinadla como siempre, intentando que que le falte un poco y escurridla al máximo. Si es pasta china, amigos, tendréis que conocerla porque cada una es de su padre y de su madre. Gran parte (como los fideos de arroz) se ablanda simplemente en agua fría, con lo que bastará ponerla un ratillo en remojo. En cualquier caso hay que lavarla mucho tras cocinarla.
Para las verduras es más fácil aun: se coge un wok (o si no, la sartén más grande que tengáis), se echa un buen chorro de aceite de girasol, se pone el fuego al máximo y cuando esté listo se pasan las verduras, todo a la vez. Con dos minutos sobra, y esto es lo importante: como si fuese una casa de Mies Van Der Rohe, menos es más. Os parecerá crudo, pero es que está más rico. En cuanto lo esté, chorretón de salsa de soja (en lugar de sal, que no lleva), contáis hasta tres y sacáis las verduras del wok. Lo volvéis a calentar y, con otro chorro de aceite, pasáis la pasta escurrida. Dejáis que se quede a punto, chorro de soja y para fuera. Lo juntáis y le ponéis lo que reservasteis de puerro al principio. Y ale, a comer.
Otras experiencias:
La novedad del día fue coger algunas shiitake y pasarlas por un picador que tengo (algo así). De esta manera, cuando ya estaban listas las verduras, eché el polvo de shiitake por encima. Le da un sabor general güenísimo, pero se echa de menos la textura de las setas enteras o troceadas, así que lo mejor es hacer mitad y mitad.
Como alguno habrá podido observar, la receta es vegana. Sí, sí, y mira que yo no soy jipi. Que lo que yo llegué a llevar eran unos elásticos con las botas... pero vaya, que jipi no. El caso es que si uno se nota falto de proteínas, puede preparar una tortilla primero, la corta en trocitos, y la añade al final cuando las verduras están listas.
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miércoles, 3 de septiembre de 2008
martes, 2 de septiembre de 2008
Falafel
Como siempre, y para dejar claro que la idea de esto no es ser original, pues vamos con una historia que ya os tendríais que saber de memoria. Y no por buena e interesante, sino porque de mí solo quereis una cosa: que os haga falafeles.
Cuenta la leyenda que antes de los tiempos bíblicos, en un rincón de la India que llamaremos Serendip cuya memoria se confunde con la imaginación, gobernaban tres sabios príncipes.
Los tres príncipes tenían gran fama entre el pueblo al que gobernaban de manera justa y buena. Como todos los gobernantes. Su buena fama, sin embargo, no se debía a su buen gobierno, sino a su habilidad para resolver enigmas a través de increíbles casualidades.
Ha querido el azar que de todo esto tan solo nos haya llegado un par de buenas fábulas. Cuenta la leyenda que una mañana como esta, cuando se dirigían camino a Kandahar, se encontraron con un paisano. Hablaron del tiempo, del precio del pescado y de recetas de cocina. Al cabo del rato, uno de los príncipes dijo -muy como en comienzo de El nombre de la rosa-: Por aquí ha pasado un camello tuerto del ojo derecho.
El paisano se quedó intrigado ¿Cómo pudo averiguar algo semejante?
La expliación era sencilla. Había observado que la hierba de la parte derecha del camino, la que daba al río, y por tanto la más atractiva, estaba intacta. Mientras, la de la parte izquierda, la que daba al monte y estaba más seca, estaba consumida. El camello por lo tanto, no veía la hierba del río.
El caso es que, cuando llegaron a Kandahar, habían perdido casi todas las provisiones. Solo les quedaban unos puñados de garbanzos, pero astutamente apañaron una comida muy maja que gustó a niños y mayores. Cuando les preguntaron por el nombre, dijeron que se llamaba Falafel, palabra que proviene del sánscrito: Fala, hablar y Fel, bien. Porque cualquiera que lo probase, hablaría bien de ellos.
Receta:
1) Los garbanzos se ponen en agua 24 horas y luego se pasan por la batidora (que como siempre debe ser buena, y si es Braun 600W, mejor). El paso de batirlo todo puede llegar a costar, pero paciencia y poco a poco.
2) Al mogollón se le añaden, según el día: cilantro, cominos (que creo que no debería llevar pero me da igual), algún diente de ajo, zumo de limón (le da sabor riqui) y cebolla. Todo, de nuevo por la batidora.
La cebolla y el limón (sobre todo si son de Kandahar) le queda bastante bien porque los hace menos secos y más fresquis. Si la masa está muy líquida por el limón, siempre se le puede añadir un poco de harina para espesar. Luego se hacen bolillas, y ale, a freir en oliva virgen.
A veces les he puesto zanahoria cruda (todo por la batidora), pero no da mucho sabor.
Lo más importante es que los garbanzos deben estar crudos (pero con 24 horas en agua). A algún listillo seguro que se le ha pasado por la cabeza agarrar un bote de garbanzos cocidos y hacer los falafeles con esto. Pero no, si lo hacéis solo conseguiréis que la masa se os deshaga en la sartén... os lo digo yo que también traté de ser espabilado.
Cuenta la leyenda que antes de los tiempos bíblicos, en un rincón de la India que llamaremos Serendip cuya memoria se confunde con la imaginación, gobernaban tres sabios príncipes.
Los tres príncipes tenían gran fama entre el pueblo al que gobernaban de manera justa y buena. Como todos los gobernantes. Su buena fama, sin embargo, no se debía a su buen gobierno, sino a su habilidad para resolver enigmas a través de increíbles casualidades.
Ha querido el azar que de todo esto tan solo nos haya llegado un par de buenas fábulas. Cuenta la leyenda que una mañana como esta, cuando se dirigían camino a Kandahar, se encontraron con un paisano. Hablaron del tiempo, del precio del pescado y de recetas de cocina. Al cabo del rato, uno de los príncipes dijo -muy como en comienzo de El nombre de la rosa-: Por aquí ha pasado un camello tuerto del ojo derecho.
El paisano se quedó intrigado ¿Cómo pudo averiguar algo semejante?
La expliación era sencilla. Había observado que la hierba de la parte derecha del camino, la que daba al río, y por tanto la más atractiva, estaba intacta. Mientras, la de la parte izquierda, la que daba al monte y estaba más seca, estaba consumida. El camello por lo tanto, no veía la hierba del río.
El caso es que, cuando llegaron a Kandahar, habían perdido casi todas las provisiones. Solo les quedaban unos puñados de garbanzos, pero astutamente apañaron una comida muy maja que gustó a niños y mayores. Cuando les preguntaron por el nombre, dijeron que se llamaba Falafel, palabra que proviene del sánscrito: Fala, hablar y Fel, bien. Porque cualquiera que lo probase, hablaría bien de ellos.
Receta:
1) Los garbanzos se ponen en agua 24 horas y luego se pasan por la batidora (que como siempre debe ser buena, y si es Braun 600W, mejor). El paso de batirlo todo puede llegar a costar, pero paciencia y poco a poco.
2) Al mogollón se le añaden, según el día: cilantro, cominos (que creo que no debería llevar pero me da igual), algún diente de ajo, zumo de limón (le da sabor riqui) y cebolla. Todo, de nuevo por la batidora.
La cebolla y el limón (sobre todo si son de Kandahar) le queda bastante bien porque los hace menos secos y más fresquis. Si la masa está muy líquida por el limón, siempre se le puede añadir un poco de harina para espesar. Luego se hacen bolillas, y ale, a freir en oliva virgen.
A veces les he puesto zanahoria cruda (todo por la batidora), pero no da mucho sabor.
Lo más importante es que los garbanzos deben estar crudos (pero con 24 horas en agua). A algún listillo seguro que se le ha pasado por la cabeza agarrar un bote de garbanzos cocidos y hacer los falafeles con esto. Pero no, si lo hacéis solo conseguiréis que la masa se os deshaga en la sartén... os lo digo yo que también traté de ser espabilado.
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